Desde los albores del conocimiento, el ser humano ha buscado dar un significado filosófico y hasta científico a las cosas y fenómenos que le rodea.

Tales descubrimientos, desde el más simple que pareciere, buscaron ser perpetuados a través de las venideras generaciones, y este objetivo no podía quedar en la mera transmisión oral de conocimientos, pues de una u otra manera, perderían aunque en exiguas condiciones, su condición original. Por esta razón, la “objetividad” en la transmisión del conocimiento, se abrió paso entre los escritos.

El primer escrito que se conoce se atribuye a los sumerios de Mesopotamia y es anterior al 3000 a.C. En el caso de los egipcios se conocen escritos que proceden de unos cien años después y testimonian el principio de transferencia fonética.[1]

Al pasar los decenios y con muchos acontecimientos colaterales, de relevada importancia tantos científica, filosófica y cultural, los escritos en mención, fueron adoptando diversidad tanto en el estilo como en su redacción, llegando de esta manera a la composición literaria llamada ensayo.

Su origen moderno, se lo atribuye al francés Michael de Montaigne, quien con su inflexión autobiográfica y subjetiva a sus Ensayos de Montaigne (1580) puso en circulación este término.

El desarrollo de esta forma literaria es resultado de la preocupación por el ser humano demostrada durante el renacimiento, que estimuló la exploración del yo interior en relación con el mundo exterior. [2]

Para Miguel de Unamuno, en el ensayo sobresale la escritura del “yo” dominante, uno explica y el otro se confiesa. Ambos quieren persuadirnos de sus puntos de vista. [3]

Por esto, el ensayo a sido considerado un género escrito que pretende confesar, persuadir, informar y crear arte, características que fueron básicas y directrices para los ensayistas literarios de Hispanoamérica en el siglo XX.

Pero el ensayo, evidentemente no trata únicamente temas literarios, pero si lo hace con elementos literarios, tal como plantea Alfonso Reyes, en “El Deslinde”, donde plantea la distinción entre “literatura en pureza” y “literatura ancilar”, es decir con la utilización de tales recursos. Reyes, además denomina al ensayo como “el centauro de los géneros, donde hay de todo y cabe todo, propio hijo caprichoso de una cultura que no puede responder al orbe circular y cerrado de los antiguos, sino a la curva abierta, en el proceso de la mancha” [4]

En todo caso, está dicho que su escritura se resumiría al empleo de una literatura científica.

Al principio, al menos dentro de Hispanoamérica, se diferenciaron dos clases de ensayos: el filosófico con temáticas abstractas y el periodístico, de mayor exposición en dicha región, con temas concretos, contemporáneos y preocupado por problemas urgentes de interés humano, con exponentes como José Luis Borges “El tiempo circular” o Ernesto Sábato con “La rebelión del hombre”.

Enfocados en el ensayo periodístico, este debe contener temas de brevedad acogedora, con títulos seductores, vendibles. Pero dentro de sus enunciados, el escritor debe remitirse a enunciar problemas, no a resolverlos pues la solución debe dejarse a los científicos, sociólogos, economistas, etc.

Antonio Sacoto, en su libro “El Ensayo Ecuatoriano”[5], indica tres aspectos distintivos del ensayo:

  1. Es un tratado breve, imperfecto.
  2. Es una disertación amena más que una investigación severa y rigurosa.
  3. Es una interpretación personal de los hechos y de las ideas.

Por otra parte Estuardo Núñez[6], clasifica al ensayo según la esencia y estructura de los temas tratados:

a)      Ensayo ideológico o afín a la filosofía, teoría de la interpretación de algún aspecto cultural.

b)      Ensayo histórico que comprende el fenómeno cultural o histórico-ideológico.

c)      Ensayo literario que comprende la crítica, la glosa, la estimativa o la apreciación de obras o fenómenos o autores literarios o artísticos.

d)     Ensayo sociológico (a veces con proximidad a la crónica periodística.

Más recientemente y dentro del contexto latinoamericano se ha manifestado el ensayo con gran aval cultural, como las obras de Octavio Paz, Carlos Fuentes, de historia con José Luis Mariátegui y con una gran sensibilidad hacia el devenir latinoamericano con Julio Cortázar.

En Ecuador, estos movimientos y cambios no estuvieron al margen y esta preocupación sociológica se encuentra ya en los escritos de Juan Montalvo, con un predominio de lo formal y estético. Por otro lado obras como las de Manuel J. Calle o Pio Jaramillo Alvarado con “El indio Ecuatoriano” 1922, están empapadas de ideología y política, y como explica Sacoto[7], estos escritos en sí surgen a la par del auge de las ciencias sociales en nuestro país. Pero en sí, varios han sido los nombres que son colaterales al desarrollo del ensayo ecuatoriano, tales como Espejo, Solano, Mera, Peralta, Crespo Toral, Benjamín Carrión, entre otros.

Por otro lado es de vital importancia mencionar los ensayos indigenistas, surgidos en los años 30, con Jorge Icaza, Manolo Corrales, y aún antes con Juan León Mera y el indianismo ecuatoriano.

Agustín Cueva, en su artículo “El indio en el ensayo de la América española”[8], realiza un estudio de los principales ensayistas de Latinoamérica, con referencia al tema indigenista.

En todo caso, el desarrollo histórico del ensayo no ha cambiado sustancialmente y ha conservado esa filosofía literaria en la cual se exponen ideas argumentadas respecto a una realidad histórica, mismas que son escritas con un propósito principal: exponer, sacar a la luz un asunto para tratar de educar, enseñar y ganar adeptos a una tesis causa e inclusive una doctrina.

Bibiliografía:

[1] MICROSOFT Encarta ® 2009. © 1993-2008 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.

[2] MICROSOFT Encarta ® 2009. © 1993-2008 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.

[3] SKIRIUS, John (Comp.), El ensayo Lationoamericano del siglo XX, Mexico DF: FCE, 2004, pág. 10.

[4] SKIRIUS, John (Comp.), El ensayo Lationoamericano del siglo XX, Mexico DF: FCE, 2004, pág. 11.

[5] SACOTO, Antonio, El ensayo Ecuatoriano, Cuenca: Universidad del Azuay, 1992, pág. 2.

[6] SACOTO, Antonio, El ensayo Ecuatoriano, Cuenca: Universidad del Azuay, 1992, pág. 4.

[7] SACOTO, Antonio, El ensayo Ecuatoriano, Cuenca: Universidad del Azuay, 1992, pág. 6.

[8] SACOTO, Antonio, El ensayo Ecuatoriano, Cuenca: Universidad del Azuay, 1992, pág. 225.